Néstor Schumacher.- En la última semana, los desmontes han vuelto a ser un tema que ha generado repercusiones tanto en redes sociales como medios de toda la provincia. La noticia nos llegó a través de un artículo del diario El Sureño; donde se informaba que la provincia autorizó el trabajo sobre 8 hectáreas de bosque nativo al concesionario del Cerro Castor, con el objetivo de generar nuevas pistas. Con mucha polémica y voces cruzadas me surgió la pregunta ¿Son todos los desmontes iguales? ¿Cómo evaluamos el balance entre medio ambiente y desarrollo?

Como notas aclaratorias, vale la pena destacar el caso particular del Cerro Castor. La autorización brindada por el Gobierno Provincial es para trabajar sobre un bosque categoría II, es decir que dicho sector corresponde a los que pueden ser utilizados para turismo, recolección e investigación científica o sostenibilidad. Si bien el tema ha sido tratado muy bien desde el aspecto técnico por Gonzalo Zamora en GrooveFM, me pareció interesante darle un tratamiento desde otra perspectiva: ¿Por qué hay tanto revuelo con los desmontes para actividades productivas y tan poco en los casos de viviendas irregulares?

Este uso del espacio con bosque nativo para su explotación, en el sentido productivo, es controlado y autorizado usando de bases estudios científicos realizados por el Estado fueguino, que no es lo mismo que gobierno. Es parte de una proyección donde se evalúa el impacto positivo económico de estas actividades productivas, realizando un contrapeso del impacto ambiental que pudiese provocarse. Desde este medio hemos tocado tangencialmente el rol del Cerro Castor en la economía fueguina y, a fin de no repetirnos, trataremos de analizar esta situación desde otro ángulo.

No es ningún secreto que los fueguinos, quizá más que la media de los argentinos, tiene un interés por el cuidado y la preservación del Medio Ambiente. Quizás derive de esta vida rodeada de naturaleza que llevamos adelante o quizás de experimentar en primera persona los desvastadores efectos del cambio climático en nuestro ecosistema. Es un tema por demás sensible y que agrupa a la mayoría de la población como hemos visto en los casos de Península Mitre o la controversia de las salmoneras.

La conciencia medioambiental y el impacto que los seres humanos tenemos sobre la Tierra no es algo menor, pero el problema surge cuando consideramos todas las modificaciones de nuestro entorno con el mismo tenor. No es lo mismo un desmonte planificado sobre una zona autorizada, que la tala indiscriminada.

Todo lo que hacemos en nuestra vida tiene un cierto impacto en el medioambiente, sea en la generación de una huella de carbono o la alteración de la biodiversidad de un área. Cuando comemos carne impactamos al medio ambiente, siendo las vacas el generador de 80 millones de toneladas de metano anuales en el mundo, un gas que tiene un 75% más de impacto en la atmósfera que el dióxido de carbono. Cuando nos calefaccionamos, también incurrimos en uno de los principales sospechosos, el uso de combustibles fósiles. Esto no es una propaganda para promover el veganismo o prohibir las energías no renovables, sino simplemente ejemplos ilustrativos del intercambio que hacemos entre ambiente y beneficios las personas, sean económicos o de comodidad.

¿Qué hace la diferencia entonces? Los parámetros que nosotros mismos establecemos. A través del método científico como sociedad terminamos estableciendo cuál es el límite de lo que podemos “tomar” de la tierra sin generar efectos irreversibles. Si bien esto es nuevo y no se aplica en todos los lugares del mundo, Argentina dentro de todo y Tierra del Fuego en particular, tratan de mantener este equilibrio del que venimos hablando a través de políticas estatales.

Ahora bien ¿qué pasa cuando estas alteraciones no son controladas? El impacto no está calculado y puede derivar en otro tipo de problemas. No es ningún secreto que la ciudad de Ushuaia tiene un gran problema en la demanda habitacional y, si bien se están generando más soluciones, hay necesidades inmediatas a las cuáles el atraso histórico en la planificación no puede atender. El desmonte para viviendas es un elemento fundacional de la ciudad y hace muy poco empezó a regularse de forma más estricta. De este tipo de prácticas surgen dos categorías de problemas: el impacto ambiental y a la biodiversidad de los bosques y la planificación y ordenamiento territorial.

Del impacto ambiental podemos decir que el suelo no alterado reduce inundaciones, regula temperatura, captura dióxido de carbono y permite el natural desarrollo de nuestra flora y fauna entre otras cosas. La ciudad crece y más gente necesita hogares, por lo que eventualmente habrá espacios que deberán ocuparse, pero ahí entra la planificación.

El ordenamiento territorial es la planificación de cómo instalarnos en un espacio. Esta disciplina involucra urbanismo, geografía, ingeniería civil y la gestión ambiental para determinar qué espacios son mejores para qué tipo de uso del suelo. Sin entrar en muchas vueltas y para simplificar la explicación, vayamos con un ejemplo: cuando se decide proyectar un barrio en una zona de nuestro ejido urbano se tiene en consideración la biodiversidad específica del área, para evitar poner en riesgo a una especie que quizás solo crece o vive allí; la geografía junto a la ingeniería nos dirá si es factible emplazar nuestros servicios allí y cuál será el costo. La idea de este enfoque interdisciplinario es que la expansión humana tenga un impacto controlado y sostenible no sólo para viviendas, sino para actividades productivas.

Esta forma de trabajo es algo nueva en nuestra ciudad, si miramos la gran mayoría de los barrios que conforman Ushuaia son lo que podríamos denominar orgánicos. Una masa de gente sin acceso a la vivienda encontró un espacio, se instaló y después de un tiempo llegaron los estados a urbanizar. Pasó en Andorra, pasó en el Dos Banderas y, si vamos más atrás en el tiempo, pasó en lo que hoy denominamos “centro”. Vale aclarar que no estamos haciendo un juicio de valor a los emplazamientos orgánicos ni cuestionando su validez jurídica, simplemente exponiendo la diferencia entre algo planificado y algo espontáneo.

Tampoco hace falta caer en demasiado análisis para que el lector entienda que el bosque se ha visto reducido con el paso de los años. Si hacemos el camino del aeropuerto hacia el centro de la ciudad y miramos a la montaña, pensando en ese mismo camino hace 10 o 20 años, vamos a ver una postal bastante distinta. Comparar un desmonte surgido de la necesidad inmediata con una actividad controlada como la que se hará en el Cerro Krund no parece una comparación muy sensata.

Finalizando, me gustaría dejar una pequeña reflexión. Es importante estar informado, pero no podemos caer en la vorágine de analizar la noticia sin tener todos los datos, mucho menos emitir un juicio de valor. Es claro que el estado de nuestros bosques es un tema sensible para las y los fueguinos, pero hay etapas de análisis y evaluación del impacto y los beneficios a la hora de desarrollar cualquier actividad. La ciudad crece, así como crecen sus actividades productivas y en pos de atender esa nueva demanda que aparece, son necesarias expansiones.

Quizá una regulación de replante en otra área podría ser un buen contrapeso, o participar de una campaña benéfica como la de PlantArg, que lleva plantados 229.000 árboles a través de donaciones. A veces, queda en nuestras manos proponer soluciones complementarias para tener un verdadero cambio.