Por Pablo Riffo.

Los cachetes colorados curtidos por el frío. Los mocos asomándose por la nariz corridos por el viento. De pie sobre la bicicleta para pedalear lo más fuerte que se pudiera. Porque venían los perros y no cualquiera cruzaba el Danés en bicicleta.

El Río Grande de mi infancia, allá por los 90, era bastante distinta a la que me recibió a finales de la primera década del 2000. En los 90 había calles que nadie creería que fueron de tierra, casas que no se hubieran imaginado que alguna vez fueron una casilla montada en un trineo. Veredas que no existían, pero que lograron sobreponerse al clima, a la crisis y a cuanto vendaval pasara por enfrente.

Río Grande un poquito nos curte, sin importar en qué momento de la vida nos encontremos siendo parte de esta ciudad. De chicos mirábamos el canal informativo porque si el viento era menor a 40km/h se podía salir a andar en bici sin tanto problema. Si era más (que resultaba ser bastante seguido), la decisión se evaluaba. En casi todos los casos, la ganaba salir.

El crecimiento de la ciudad no fue de un día para otro, no fue fácil. Un día la Avenida Belgrano de tierra que recorríamos en bicicleta amaneció cortada, con máquinas trabajando. El agua ya no se juntaba en el borde de la vereda dejándonos una “mini pista” de patinaje lista para disfrutar afuera de casa.

En su lugar había cordón cuneta, había pavimento y un bulevar en el medio que después tuvo un paseo, aunque a esa edad no teníamos idea de qué era un bulevar.

Un día la plaza de Los Pitufos -que para mí siempre estuvo bastante deteriorada-, desapareció por completo. En la esquina de San Martín y Piedra Buena comenzó una obra que se convirtió en un edificio.

Fue una rotisería, fue una concesionaria y seguro más cosas de las que estoy recordando; pero terminó siendo una universidad, un centro de formación, una iglesia con pantalla gigante.

La plaza de Los Onas tenía una atracción única que la ponía por encima de cualquier plaza de Intevu y zonas aledañas. Una montaña -o por lo menos para mi era inmensa-, de tierra. Tallada a rueda de bicicletas, subirla de un solo salto y bajar a toda la velocidad era lo básico para cualquier chico del barrio. No siempre salía bien, y tengo una cicatriz en la rodilla que lo demuestra.

Otra plaza singular era la del Delfín. Que tenía una hamaca gigante donde nos subíamos de a varios muertos de risa por lo que significaba hamacarse juntos. La plaza ya no está, o está pero se llama de otra forma. Tampoco está la hamaca -por suerte-, con los años no resultaba tan segura como uno hubiera querido.

La ciudad crece, las familias vienen; algunas se vuelven, otras se afianzan. De chico mis amigos eran hijos de cordobeses, mi maestra era cordobesa y el compañero de laburo de mi papá, también venía de Córdoba.

El intendente de ese entonces también era cordobés y radical, hoy creo que solo es cordobés de origen, nada más. Entonces todos decíamos “nosotros los fueeeguínos” como si viniéramos de Córdoba Capital, porque el intendente lo decía así, y era una persona bastante popular por ese entonces. Con el tiempo, dejo de serlo tanto, por supuesto.

Hoy mis amigos casi no tienen acento cordobés, y se casaron con personas que no son de ahí, pero son de Río Grande y hablan “diferente”. Eran de otros fueguinos que no hablaban como cordobeses, sino más como porteños. Y es que depende con quién hables, en qué año vino y con quién se juntaba, la identificación del “acento” riograndense es totalmente aleatoria.

Me animaría a decir que mi versión de Río Grande de los 90 quizás no coincide con la versión de algún otro u otra persona que haya vivido en ese mismo período. No será igual al que nunca se fue, al que vio la historia desde adentro. Al que nunca extrañó, porque nunca se movió de Río Grande.

Los de aquella época “chapeamos” con todo eso. Describimos el “terremoto blanco” del 95 con lujo de detalles, como si tuviéramos grabado el momento exacto en el que empezó a nevar y no paró.

Fuimos sobrevivientes de trompos, derrapes y despistes cada invierno que vivimos durante el tiempo en que las ruedas con clavos era un lujo para pocos. O por lo menos no para nosotros. Llegar a Ushuaia era un recorrido de por lo menos 3 horas, y cruzar el Garibaldi por camino de tierra es una experiencia que pocos de los nuevos riograndenses podrían relatar.

Y es que en el medio se juega mucho el NYC (Nacido y Criado) y sus derechos heredados, contra el VYQ (Venido y Quedado), y sus derechos adquiridos ¿quién es más o menos riograndense? ¿el que nació? ¿el que vino y se quedó? ¿el que se fue y volvió? Para todos Río Grande representa una etapa distinta de la vida y los “11 de julio” nos permiten rememorarla, sintetizarla, expresarla o -como en este caso- escribirla.

Feliz aniversario Río Grande. Felices 98 o 50, o 37, o 21, o 10, o 1 años de riograndense que tengas encima. El festejo también es tuyo.