En septiembre del 2018, el gobierno del Reino Unido lanzó en Argentina una convocatoria para participar de un polémico intercambio cultural en las Islas Malvinas. Por primera vez en la historia, se elegiría a un estudiante universitario argentino para viajar a las Islas y alojarse en una casa de familia isleña. Esta experiencia, que ya se venía realizando desde hacía algunos años con jóvenes de Chile, Uruguay y Brasil, sumaría a un argentino (con todo lo que eso implicaba), en un claro clima de acercamiento entre las Cancillerías argentina y británica.

La consigna consistía en grabar y enviar un video, respondiendo —en inglés— a la pregunta: «¿Por qué querés conocer a tus vecinos de las Islas ‘Falklands’?». Desde que se publicó la convocatoria, aparecieron opiniones divididas, muy críticas por un lado, alentadoras por otro. Muchos compatriotas comentaron, algunos en tono amigable, otros no tanto, que el nombre de las Islas no es Falklands sino Malvinas; que los isleños no son nuestros vecinos, sino ocupantes ilegítimos del territorio argentino; y que solo un «vendepatria» podría aceptar un viaje así. Otros felicitaron, mencionaron emoción, orgullo; «nace la oportunidad de algo nuevo», dijeron. Así las cosas, me postulé para el intercambio.

Luego del cierre de la convocatoria y de evaluar las postulaciones, la Embajada Británica en Argentina decidió elegirme a mí: un estudiante de Relaciones Internacionales de una universidad pública del interior del país. La noticia se difundió, los medios la levantaron, llegó a oídos del ministro de Relaciones Exteriores de la República Argentina y fui invitado a reunirme con el canciller para hablar sobre el tema. Por supuesto, la cuestión Malvinas es uno de los asuntos más importantes de la agenda de política exterior argentina.

«No entiendo a los argentinos, ¿por qué quieren nuestras islas?», me confesó Gini, la isleña que el primer día del intercambio nos trasladó a mí y a los otros estudiantes a una playa para ver pingüinos. En su vehículo tenía pegado un cartel que decía «Keep calm, we are and will remain British» (‘Mantenga la calma, somos y seguiremos siendo británicos’), en claro rechazo al reclamo argentino.

Recapitulando mis clases de la facultad y mis lecturas sobre la cuestión, intenté explicarle de la forma más clara el por qué: los argentinos heredamos de España las Islas luego de nuestra independencia. Pero, en 1833, las Malvinas fueron usurpadas por británicos, expulsando a los pobladores argentinos que allí habitaban, y esgrimiendo argumentos inconsistentes desde el punto de vista del Derecho Internacional Público. Desde entonces, la República Argentina legítimamente reclama en los foros internacionales su devolución. La disputa de soberanía es reconocida por Naciones Unidas, y una gran cantidad de países apoyan nuestro reclamo. Gini se limitó a decirme que ella no estaba de acuerdo, y así seguimos charlando de todo un poco. Probablemente Gini nunca cambie de parecer, y yo tampoco. Aunque pensamos distinto, nos respetamos y disfrutamos juntos una hermosa jornada de aventuras malvinenses. Al final del día nos abrazamos y nos despedimos afectuosamente. ¿Qué sentido tenía pelearse? Esta una anécdota que ilustra la experiencia del intercambio de comienzo a fin.

Estoy convencido de que las Malvinas son argentinas (nuestros argumentos jurídicos e históricos son irrefutables), pero también soy un apasionado del multiculturalismo como modo de vida, y no podía dejar pasar esta oportunidad. Alojarme en una casa de isleños es algo que nunca hubiera imaginado. Hace algunos años me di cuenta que viajar le da otro sentido a mi vida, conocer gente, sus culturas y sus formas me transforman en alguien más abierto, comprensivo, dejando de lado prejuicios. Creo en la tolerancia intercultural como motor de prosperidad; y también pienso que no hay mejor manera de crecer que conviviendo con otros diferentes, en lugares cuyas costumbres e ideas nos son extrañas. Estoy convencido de que el diálogo entre culturas siempre es positivo y enriquecedor para las partes involucradas; y que este posicionamiento contiene en su interior la promesa de un mundo más justo y pacífico.

El desconocimiento del otro genera miedo. Hay isleños que prefieren que los argentinos no viajemos a las islas, y también argentinos que abogan por mantener la incomunicación con los isleños. «¿Por qué quieren nuestras islas?», se preguntan ambas partes. Pero también podemos preguntarnos: ¿cuál es el beneficio del aislamiento y la incomunicación? ¿Qué ganancias concretas producen y quiénes las obtienen? ¿Acaso existe mejor herramienta para la paz de los pueblos que la promoción del intercambio y el entendimiento mutuo?

Karl Popper, uno de los grandes pensadores del siglo XX, en su obra La sociedad abierta y sus enemigos (1945), realiza un análisis del tribalismo, entendiéndolo como la asignación de una importancia suprema a la tribu, sin la cual el individuo no significa nada en absoluto. Según Popper, a lo largo de la historia, naciones y pueblos enteros escuchan «la llamada de la tribu»: ese instinto primitivo que lleva a despreciar lo foráneo, en una pretendida defensa de la comunidad de pertenencia, creyéndola superior y amenazada por las demás. El espíritu tribal, fuente del nacionalismo, ha sido el causante, con el fanatismo religioso, de las mayores matanzas en la historia de la humanidad. Soy un apasionado de mi país, Argentina, el afecto de su gente, su cultura y sus paisajes, y sostengo que en un contexto mundial de creciente interculturalidad y globalización, un sentimiento de nacionalismo exacerbado nos perjudica a todos.

Aunque pasan los años, las eras, los gobiernos y las corrientes de pensamiento, el racismo, la xenofobia, la intolerancia y el odio por lo distinto persisten y proliferan. El ascenso de la ultraderecha europea, el muro de Donald Trump, la homofobia de Jair Bolsonaro, los atentados terroristas, los movimientos anti-inmigratorios, el debilitamiento del multilateralismo, son elementos a todas luces preocupantes para la comunidad internacional. Parece que a medida que los ciudadanos del mundo estamos más conectados, en parte producto del avance de la tecnología, de los medios de comunicación y transporte, y a medida que crecen y se reinventan las formas de cooperación internacional, resurgen respuestas de otras épocas. Urge revisar las preguntas para interpelar la globalización.

Haber nacido de un lado o del otro de la Cordillera de los Andes o del océano Atlántico es simplemente una circunstancia del azar, que de ninguna manera nos predestina a vivir enemistados. Prejuzgar a los isleños por el mero hecho de haber nacido en Malvinas es lo mismo que a la inversa hacia quienes nacimos en la Argentina continental. El desconocimiento mutuo puede llevar al odio. El fanatismo por la tribu del cual nos habla Popper hace que a veces no podamos ver a quienes se encuentran más allá de nuestro círculo. En pleno siglo XXI, estoy convencido de que se trata de construir puentes entre las culturas, más que muros. Conocer a los isleños, aquellas personas que habitan a 350 kilómetros del territorio continental argentino, no significa abandonar nuestro legítimo reclamo de soberanía. Pero odiarlos no nos acerca a la recuperación de las Islas.

Invitémoslos a probar nuestros asados, empanadas y mates. Probemos su «fish and chips», juguemos a los dardos en sus bares. Conozcámonos y aprendamos el uno del otro. Quizás nos demos cuenta que compartimos muchas de las mismas preguntas. Después de todo, somos todos seres humanos.

 

 

 

 

Fuente: Infobae