La ciudad correntina de Mercedes inauguró hoy una estatua de más de nueve metros de altura del Gauchito Gil, en el 141 aniversario de su muerte. Cada año la peregrinación incorpora miles de seguidores.

El monumento está ubicado en el acceso norte y Ruta Nacional 123, frente a la Ermita de Santa Rita, donde se encuentra el árbol donde fue asesinado por el ejército de Bartolomé Mitre por negarse a participar de la guerra fratricida contra el Paraguay.

Aún no hay cifras oficiales de los miles de fieles que congregaron en Mercedes,  pero se calcula que la cantidad superará ampliamente a la del año pasado, en la que hubo más de 200 mil fieles . Hace días que en dicha ciudad no quedan lugares de alojamiento y varios vecinos abrieron las puertas de sus casas para alojar a la gente.

Si bien las muestras de fe hacia este santo se extienden a lo largo de todo el territorio nacional y existen homenajes en diversos lugares del país, el Gauchito no es reconocido por la religión oficial.

La iglesia católica sostuvo en varias oportunidades que Gil no cumplía con los requerimientos pedidos por la Santa Sede. A esa negativa se suma que algunos sacerdotes consideran que era un ladrón y que -si bien robaba para repartir entre los pobres- esa no sería una excusa para cometer tal pecado, por lo que perdería sus atributos y virtudes para ser considerado un santo, que entre otras cosas debe acreditar una vida de fe ejemplar.

Gil fue un gaucho perseguido por las autoridades que lo señalaban como desertor, pero también de ladrón, acusación que en cambio sí es rechazada por sus fieles, quienes aseguran que `el Gauchito` le quitaba a los que tenían de más para darle un poco a los que no tenían nada.

El Gauchito Gil logró cierta popularidad entre sus paisanos y pasó a la categoría de mito justo en el momento en que uno de los soldados que lo había capturado le dio muerte degollándolo mientras lo tenían colgando de un árbol, porque no sabían muy bien qué hacer con él.

Segundos antes de morir, el 8 de enero de 1878, Antonio Gil le aseguró a su verdugo que, si antes de volver a su casa rezaba por él, su hijo enfermo terminal se curaría, cosa que finalmente sucedió.

Ese milagro fue la piedra basal de una serie interminable de acciones atribuidas al gaucho, desde donde se edificó un fenómeno de religiosidad popular que durante décadas se mantuvo casi en secreto por los desposeídos que sostuvieron la llama del mito, y que en los últimos años alcanzó una masividad que llegó a las ciudades y ya no distingue clases sociales ni barreras de ningún tipo.