Donald Trump volvió a colocar a Groenlandia en el centro del tablero geopolítico global. Esta vez no lo hizo con una propuesta unilateral, sino a través de un principio de acuerdo con la OTAN que apunta a abrir una negociación más amplia sobre la seguridad y la cooperación en el Ártico. El anuncio, realizado en el marco del Foro Económico Mundial de Davos, marca un giro estratégico: menos confrontación directa y más construcción de consensos dentro de la alianza atlántica.
El entendimiento alcanzado con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, no implica cambios inmediatos en la soberanía del territorio —que sigue siendo parte del Reino de Dinamarca— ni decisiones cerradas. Se trata, según Trump, de un “marco de trabajo” para avanzar en conversaciones sobre defensa, infraestructura y presencia estratégica en una región cada vez más relevante por el cambio climático, las nuevas rutas marítimas y la competencia entre potencias.
En ese sentido, el movimiento tiene una lectura propositiva: Estados Unidos reconoce que el Ártico ya no puede abordarse desde lógicas del siglo XX. La aceleración del deshielo abre oportunidades económicas, pero también riesgos de seguridad que exceden a cualquier país en solitario. Al involucrar a la OTAN, Washington busca multilateralizar la discusión, ordenar intereses y reducir tensiones internas dentro del bloque occidental.
Un dato clave es que el anuncio vino acompañado por la suspensión de las amenazas de aranceles que Trump había lanzado contra países europeos. El gesto fue bien recibido en varias capitales del continente y refuerza la idea de que la negociación por Groenlandia funciona también como una válvula de descompresión en la relación transatlántica, atravesada por disputas comerciales y diferencias políticas.
Para Dinamarca y para las autoridades locales de Groenlandia, el escenario abre un desafío y una oportunidad. El desafío es evitar que la isla quede atrapada en una lógica de competencia entre grandes potencias. La oportunidad, en cambio, pasa por canalizar inversiones, infraestructura y desarrollo bajo reglas claras, con mayor protagonismo local y respaldo internacional.
Más allá del estilo personalista de Trump, el trasfondo es claro: el Ártico se consolida como uno de los ejes estratégicos del siglo XXI. Al proponer un marco de negociación dentro de la OTAN, Estados Unidos busca liderar esa agenda sin romper el equilibrio con sus aliados. El resultado final está abierto, pero el cambio de enfoque sugiere que la disputa por Groenlandia podría transformarse, esta vez, en un espacio de cooperación ordenada y previsibilidad geopolítica.


