Por Jorge Arguello

Gran Bretaña llevaba siete años usurpando las Malvinas cuando el joven John Markham Dean desembarcó en las islas como un empleado de comerciantes ingleses, que prosperó hasta convertirse en uno de los habitantes más influyentes, al punto que en 1869 compró la Isla Borbón (o Pebble según la toponimia británica) iniciando una saga familiar que continúa hasta nuestros días.

La historia de los Dean y de esta isla menor de 10 mil hectáreas en la Gran Malvina, un paraíso de la fauna austral repleto de aves, visitado por ballenas y pastado por ovejas, escenario también en 1982 de la defensa del aeródromo argentino Calderón, fue absorbida lenta y calladamente por el relato de la “independencia” de los isleños.

Sin embargo, esa idílica versión de la historia “independiente” de las Malvinas cayó nuevamente en estos días por una razón bien terrenal: el dinero.

Claire Harris, de 62 años, nieta del último descendiente de los Dean, que gestiona las tierras de Borbón desde Sussex, anunció su venta para 2019, la primera en 150 años. “Somos unos apasionados de la isla, pero ya no podemos manejarla desde acá”, reconoció.

La intención de la señora Harris de hacerse de un buen dinero encontrará, sin embargo, una limitación de fondo: a la hora de los negocios inmobiliarios, la ilusión de la independencia isleña se evapora y las Malvinas son, más que nunca, una colonia británica que sólo puede hacer lo que le permite la corona.

La eventual venta de esta isla, como tal, es una operación entre privados que en nada afecta la soberanía argentina sobre las Malvinas. Sin embargo, la clave aquí es que la operación se convierte en un acto de disposición por parte del gobierno británico -no del ilegítimo gobierno isleño- sobre territorio argentino.

Una constitución colonial

Eso es así porque la llamada “Constitución de las Islas Malvinas”, aprobada en noviembre de 2008 por la Corona británica, piedra angular del régimen colonial que Londres mantiene en las Malvinas, determina que es el Reino Unido el que autoriza quién accede, y quién no, a terrenos en las islas.

El gobernador de Malvinas, un funcionario del Reino Unido elegido desde Londres sin consulta ni decisión de los isleños, es el encargado de ejercer el poder británico real en los archipiélagos. El artículo 73 de esa Constitución dice claramente que es el gobernador quien toma esa decisión en la venta de tierras.

El artículo 22 de la misma Constitución le da también al Gobernador amplios poderes de emergencia basados en un instrumento legal de casi 80 años: la “Ordenanza de poderes de emergencia de 1939”, creada para aplicarse en las colonias, protectorados y dominios que el Reino Unido tenía en la década de 1930.

Entre esos poderes, está la capacidad de incautar propiedades y tierras en nombre de la Reina (también puede detener, deportar y rechazar la entrada a individuos y para reformar, suspender o aplicar cualquier ley existente).

En otras palabras, es el Gobierno británico el que aprueba la venta de tierras en Malvinas. Y es el que puede expropiarlas si lo considera apropiado. O sea, si el comprador de la señora Harris no cumpliese los requisitos que pone el Reino Unido -para mantener su posición colonial en las islas- la venta sería desaprobada.

El año pasado, el empresario argentino Eduardo Elsztain (IRSA) quiso comprar las acciones de la empresa Falkland Islands Holding (ex Falklands Islands Company), pero recibió una negativa rotunda: su interés “no es bienvenido” y “pone en peligro a las Falkland Islands”, fue la categórica respuesta colonial. No le dirían lo mismo si comprara un departamento en un barrio de Londres.

Esta situación deja en evidencia el relato de unas islas gobernadas por una democracia, sin injerencias casi de Londres, tan falaz como el de las sanciones y el maltrato que impondría la Argentina a sus habitantes.

En cambio, los argentinos son discriminados de múltiples maneras: desde la prohibición de adquirir tierras hasta la elección de mano de obra de otros países, sin contar la exclusión de comercio con el continente argentino, de Aerolíneas Argentinas o de los vuelos semanales directos con el territorio continental argentino.

Cuando encuentre un comprador de su isla, la señora Harris comprobará que el supuesto gobierno de Malvinas, flojo de papeles, no es más que la continuidad del antiguo sistema colonial británico, bajo una apariencia diferente.

Eso, al menos, hasta que Argentina recupere los territorios que le usurparon por la fuerza hace casi dos siglos, cuando llegaron sus antepasados. Obviamente, desde el Reino Unido.