Por Néstor Schumacher.- Quien haya estado en este último mes en las redes sociales seguramente estará al tanto del revuelo social y, ahora político, que desencadenó el edificio de la Casa de la Mujer. Como todo en la Argentina hay dos lados; los que acompañan el nombre oficial del flamante edificio “Presidenta Cristina Fernández” y los que piden un renombramiento del mismo a “Pioneras Fueguinas”. Algo tan trivial, al menos para mí, como es un nombre teniendo tanta disputa y fuego cruzado no sólo entre la comunidad sino la clase política me dejó con una interrogante: ¿Qué subyace en el debate del nombre de la Casa de la Mujer?

Dejemos por un momento las formas de lado y concentrémosnos en el quid de la cuestión: el nombre. Escuchando y leyendo comentarios a favor y en contra, da la sensación que el debate de si Cristina o Pioneras es un dilema multicausal. Si bien hay un componente político que no podemos ignorar, creo que el sustrato generacional es el que más impacta para definir el lado de la vereda que cada uno elige.

Dicho esto, analicemos ambas posiciones y qué se busca representar con el nombre en cada ocasión.

Cristina Fernández de Kirchner es quizá la figura política más influyente del país en lo que va del siglo. En los casi 22 años que llevamos transitados fue la máxima autoridad del país durante ocho años y es la representante política del peronismo en los últimos tres lustros. Cristina tiene una verdadera legión de seguidores así como de detractores; a nadie en el país le escapa una opinión o sentimiento hacia su persona, sea para bien o para mal. Este personaje político, polémico a veces, es la cara visible de una de las dos grandes alianzas políticas del momento y con el correr de las décadas ganará más peso aún, ya no por sus gestiones, sino por la cantidad de referentes políticos que ejercerán cargos públicos que siguen su ideología y alguna vez estuvieron bajo su tutela. Puede gustarle más o menos al peronismo la ex-presidente, pero quiénes serán autoridades del partido en 50 años probablemente habrán comenzado su militancia con ella a la cabeza y la tendrán como referente.

Del otro lado de esta decisión binaria aparece el nombre “Pioneras Fueguinas”, una denominación que evoca la historia de la provincia y la ciudad, reconociendo el esfuerzo que las primeras pobladoras hicieron para establecerse en un lugar tan crudo e inhóspito como supo ser la tierra que muchos llamamos hogar. No tiene grandes controversias detrás de él, pero tampoco refleja emociones o sensaciones inmediatas, evoca al pasado más lejano, del que muchos no fueron parte.

¿A dónde quiero llegar con esto?

Hay una lógica generacional en el discurso de ambas partes que pugnan por mantener o cambiar el nombre del edificio. El nombre de “Presidenta Cristina Fernández” responde a una sociedad más joven, no tan atada a la historia de la ciudad, pero que busca hacerse su espacio y escribir la propia. Hoy, para placer o disgusto, la vicepresidente de la Nación es una historia de éxito de cómo las mujeres rompen ese fatídico techo de cristal al que se enfrenta más de la mitad de la población, más en un ámbito tradicionalmente patriarcal como es la política.

“Pioneras Fueguinas” en cambio le habla a otro segmento de la sociedad, uno más acercado a los antiguos pobladores o los que recuerdan la Ushuaia de antaño, donde todo costaba el doble. Esa lógica de “pueblo” donde la cercanía entre vecinos pugnaba tiene un lado de solidaridad y comunitarismo, pero también esconde un cierto recelo a “los del norte” y una clara diferenciación entre los que “somos” y los que no. Con el correr de los años y el crecimiento demográfico, los “somos” de los antiguos pobladores se volvió el de los que llegaron a la isla hace mucho tiempo así como los que nacieron, siempre con una mirada desconfiada de los que venían a “hacerse la América” para luego irse y veían Ushuaia como algo temporal.

Ese “ellos y nosotros” y ese “todos” a la hora de elegir los nombres tiene aún más sustento cuando miramos quiénes enarbolan cada bandera. De un lado tenemos a la doctora Fadul, que si bien tiene el mayor de mis respetos por su trayectoria, muchas veces se pierde en un discurso apuntado “para los del pueblo” y margina, quizá sin intención, a los que no llevan décadas habitando la ciudad. Del otro lado, aparece Walter Vuoto como intendente y cabeza del Frente de Todos en Tierra del Fuego, que por la propia lógica del espacio político tiene un discurso abocado a la inclusión; ya lo dice el nombre de la alianza.

Ahora, ya con las posturas a favor y en contra, me gustaría aclarar que no obstante del nombre la Municipalidad no siguió el protocolo planteado para el nombramiento de edificio públicos. Si dicho anuncio de nombre sin un respaldo en el procedimiento es responsabilidad del Concejo Deliberante, que no lo definió antes de su inauguración o del municipio en sí, escapa mi conocimiento. Lo cierto es que hoy uno de los temas más candentes en la ciudad podría haberse resuelto en una audiencia y podríamos estar concentrando los esfuerzos de nuestros funcionarios públicos y opositores políticos en los verdaderos problemas que atraviesa la sociedad; pero como todo en Argentina el debate superficial es especialidad de la casa.

En algún punto de la discusión por el nombre, la cuestión dejó de ser por éste y derivó a ser plenamente política. Las elecciones PASO potenciaron la figura de “Chispita” que, ante la derrota en las elecciones primarias del FdT, “olió” sangre en el agua y decidió como estrategia de campaña antagonizar al oficialismo. Con esto, “Somos Fueguinos” consiguió el combustible necesario para ralear a los que llevan más en la ciudad, a los que podrían definirse como anti-Cristina y otros grupos que no se ven representados en la visión o entendimiento que se tiene de la política desde el municipio.

Personalmente, creo que ambos nombres tienen su validez por los puntos antes mencionados y, aunque siempre es importante recordar nuestro pasado, también es historia lo que sucedió hace relativamente poco. Hay un hilo rojo que conecta a las pioneras fueguinas, la figura de Esther Fadul, hija de esas pioneras y a Cristina, nieta si se quiere, de aquellas que abrieron paso en los ámbitos exclusivos para los caballeros. Por ello creo que sería importante contar con dos espacios, uno que recuerde el pasado más inmediato y las contribuciones políticas de Cristina, que la historia misma se encargará de juzgar el carácter de su figura, así como de nuestras pioneras que hicieron patria al instalarse en uno de los confines del mundo.

Mientras unos tendrán la Casa de la Mujer, otros tendrán la Casa Fadul, o “La Rosadita”, un edificio que es Patrimonio Cultural de la Ciudad desde 2003. Allí, donde Esther Fadul nació y se dedicó a la asistencia social, pensando siempre en las mujeres, podría ser un nuevo edificio institucional que no convierta este debate en una lucha encarnizada, sino en uno que nos permita crecer como sociedad y coexistir a pesar de las diferencias que nos separan. Ahora, es tiempo de arremangarse y revitalizar La Rosadita, recuperar en edificio que ha caído en el olvido y volverlo vibrante, lleno de vida y con una función: ayudar. Esa quizá es la mejor forma de honrar a nuestras Pioneras Fueguinas.