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20 de mayo de 2024

Se cumplen 15 años de la tragedia de Cromañón

Entre 2 y 4 mil lamentos fueron los que se escucharon. Sin embargo, ni los lamentos ni la horda de cuerpos pisándose, aplastándose, luchando con tal de salir, ver un destello de luz y tomar un poco de aire. Luego de horas donde la plaza Once fue ganada por un desacostumbrado escenario de posguerra; la sorpresa seguía presente y no dejaba el menor espacio para la lógica racional.

Hasta hoy, danzan en la memoria los ojos adolescentes, el rímel corrido por el llanto y por el sudor del temor. Todavía bailan en la memoria los ademanes imponentes de quienes intentaban abrir los espacios donde no los había porque, en ese lugar, había cuerpos apiñados. Todavía bailan en la memoria los golpes desesperados de un hombre sobre el torso desnudo de otro, intentando revivir ese cuerpo flácido, así como los segundos previos al desastre.

“Tan sólo si se pudiera volver a esos segundos antes”. Eso es lo que pensaban muchos, lo que ensoñaban mientras caminaban como zombies alrededor de la noche, mientras el clamar de las ambulancias y las dantescas imágenes del desastre hacían de muro de contención de cualquier fantasía irrealizable.

“Ecuador 0-100” anunciaba el cartel colocado sobre una de las esquinas de la plaza Once. Llegar a ese cartel significaba haber recorrido el camino cotidiano de cientos de personas, pero la noche del jueves 30 tuvo un significado diferente. Porque llegar hasta la mencionada esquina desde la avenida Rivadavia y pasar por el microcentro: significó trastrocar todas las costumbres.

Sobre la esquina de Ecuador y Rivadavia, un grupo de personas, que parecían curiosos, se apretujaba. Todos estaban a unos metros, todos miraban desde la plaza o desde la vereda de enfrente, hacia esa plazoleta. Para llegar al cartel había que cruzar la plazoleta; lo cual significaba ver a 4, 5, 6 cuerpos endurecidos por la muerte, echados sobre esa plazoleta que desde su centro atrapaba con el magnetismo del morbo, cuerpos manchados de quemazón, con su rostro cubierto como si se les quisiera evitar la sorpresa que provoca la muerte anticipada.

Un hombre estaba sentado junto al cuerpo de una mujer; con una mano la acariciaba en la cabeza. Eran caricias que parecían halagos, los cuales no se interrumpían ni cuando repetía “no puede ser, no puede ser”. Con su otra mano se acariciaba a sí mismo, sus dedos daban vueltas sobre su propia nuca, parecía que le estuviera dando cariño a su dolor. Lloraba desconsoladamente sin entender y, al mismo tiempo, lo intuía todo. Al llegar a esas imágenes uno podía suponer que había visto lo peor. Sin embargo, aquellos eran los primeros cuerpos.

Por Mitre hacia Jean Jaurés, frente al muro de un ferrocarril; se abría una de las puertas más negras de la historia de Argentina. Al mirar hacia la puerta del fatídico boliche República Cromañón, lo que ocurría era tal que superaba cualquier límite para el asombro: se trataba de cuerpos, semidesnudos, empapados, cargados por otros cuerpos que los abandonaban sobre el asfalto negro y salían corriendo para internarse dentro de la boca negra en busca de otros cuerpos. Sobre la vereda, el asfalto había personas vivas y muertas; todos se encontraban confundidos mientras un ejército de sobrevivientes y voluntarios apantallaban sus camisas en el aire buscando oxigenar.

Eran como 40 metros que podían medirse en cuerpos y caminar hacia la puerta negra era tropezar permanentemente con ellos. No se sabía en ese momento si eran vivos o muertos; simplemente eran cuerpos depositados allí porque era necesario retirar otros. Al mismo tiempo, había muchas camionetas policiales como ambulancias. Eran tantas que no sólo no daban abasto, sino que no tenían espacio para moverse. Los médicos del SAME luchaban a brazo partido sobre los cuerpos intentando reanimar; los policías también lo hacían; los voluntarios también. No había ningún orden. No había ninguna coordinación.

Todos querían hacer algo, todos hacían algo; todos lo hacían rápido porque la intuición de la muerte generaba vértigo a cada movimiento. Todo era heroico porque sólo enfrentarse a semejante espectáculo resulta heroico y mucho más intentar modificarlo. Faltó ordenar y organizar de algún modo para que tanto esfuerzo necesario no se diluyera como se diluían la vida de muchos.

Luego del momento de la tragedia, un funcionario nacional anunció que “si la policía no hubiera actuado como actúo, las víctimas hubieran sido mayores”; quien estaba convencido de que la crítica era errada.

Había que darle la razón porque los bomberos fueron quienes abrieron con sus cuerpos la brecha grande para salvar infinidad de vidas y porque los policías desde hace décadas no habían estado tan cerca de la comunidad ni tan desprotegidos ante el dolor y sufrimiento como lo estuvieron durante la madrugada del último día del año 2004.

No obstante, faltaba el plan coordinador. Faltaba la orden que cortara el tránsito a diez cuadras a la redonda, como ocurrió luego de dos horas de desatada la tragedia. Faltaba esa organización que hubiera evitado que tanto esfuerzo y heroicidad se diluyera como se diluyeron tantas vidas.

Sobre esos 40 metros de la calle Mitre, los cuerpos seguían acumulándose: de mujeres, de niños, de hombres; contra las paredes, muchos adolescentes se sentaron acurrucados, protegiéndose de todas las imágenes que pasaban y se repetían en su memoria. A esa altura, ya se escuchaba en el aire el repetido susurro que mencionaba las luces de bengala.

Cabe remarcar que un ayudante de bombero habría exclamado y repetía contantemente que “no entiendo cómo tenían a los chicos en el baño como una guardería. Yo rescaté varios cuerpitos, no sé si estaban vivos o muertos”.

Llegar hasta la disco Cromañón no significaba nada. Uno sólo se daba cuenta después de haber recorrido los 40 metros al tropezar con cuerpos y ver la puerta oscura. Llegar hasta allí reflexionar si rememorar más imágenes a la fuerza para después intentar reproducirlas con palabras que no existen o prestar el hombro y correr hacia dentro. Tocar hasta la puerta para comprender que allí dentro era el infierno mismo.

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