El timbre suena distinto en el sur.
En Río Grande el viento golpea los ventanales de las escuelas como si también quisiera entrar al aula. En Ushuaia, el día puede empezar de noche y terminar bajo una nevada inesperada. En Tolhuin, el bosque abraza edificios escolares que muchas veces hacen más de lo que pueden con lo que tienen. Y en las escuelas rurales, donde el camino es largo y el transporte una incertidumbre, aprender también es un acto de resistencia.
Hablar de educación en Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur no es solo hablar de contenidos curriculares. Es hablar de oportunidades. Es hablar de presente y futuro. Es hablar —sin eufemismos— de ascenso social.
Lo digo como vecina.
Lo digo como dirigente.
Lo digo como comunicadora.
Pero sobre todo lo digo como madre.
Porque cuando una madre mira a su hijo salir con guardapolvo, no está pensando en estadísticas. Está pensando en dignidad. En herramientas. En la posibilidad real de que ese niño o esa niña tenga más oportunidades que ella. Y ahí la política deja de ser un discurso abstracto para convertirse en responsabilidad concreta.
En nuestra provincia, la educación atraviesa tensiones que no podemos seguir naturalizando: infraestructura que necesita inversión sostenida, conflictos salariales que interrumpen el calendario, dificultades para garantizar continuidad pedagógica, desigualdades que se profundizan entre lo urbano y lo rural. Cada día perdido no es un número: es aprendizaje que no vuelve en las mismas condiciones.
Pero la crítica, si no es propositiva, se vuelve estéril.
Necesitamos una hoja de ruta clara.
Priorizar presupuesto educativo de manera estratégica.
Evaluar resultados con transparencia.
Fortalecer la formación docente continua.
Asegurar que la tecnología llegue con sentido pedagógico y no como anuncio.
Y, sobre todo, construir acuerdos que saquen a la educación del tironeo partidario.
La educación no puede ser rehén de la coyuntura.
En Río Grande, en Ushuaia, en Tolhuin, en cada escuela rural donde una maestra hace de docente, orientadora y a veces hasta de sostén emocional, hay un Estado que debe estar presente. No declamado: presente. Con planificación, con diálogo, con gestión.
No alcanza con inaugurar edificios si no garantizamos continuidad.
No alcanza con discursos si no hay resultados medibles.
No alcanza con señalar culpables si no asumimos responsabilidades compartidas.
La educación es el punto donde lo social y lo político se encuentran. Allí se define si el origen condiciona o si el esfuerzo acompañado por políticas públicas puede transformar destinos.
Como dirigencia tenemos la obligación de dejar de administrar urgencias y empezar a diseñar el futuro. Como sociedad, tenemos la obligación de no resignarnos. Y como madres y padres, familias, el derecho —irrenunciable— de exigir que la escuela vuelva a ser el gran igualador.
En el sur el viento sopla fuerte. Pero también enseña algo: lo que resiste, se fortalece.
La pregunta es si vamos a resistir improvisando o si vamos a fortalecer planificando.
La educación no es un tema más en la agenda.
Es LA AGENDA!



