Este martes a las 20 en el autor de “Aspirinas y Caramelos”, y “Largavistas”, Luciano Olivera, va a presentar sus libros acompañado de un show de magia en vivo en la Biblioteca Popular Sarmiento (San Martin 1589). Olivera, que dio a luz a su primer libro de forma vertiginosa por una carta que publicó y se viralizó en las redes sociales; mantuvo una charla con Tiempo Fueguino acerca del proceso que transformó esa carta en su opera prima.

Tiempo Fueguino: Empezás a escribir con una carta que fue una especie de Catarsis ¿Cómo todo eso que fue un momento, un lugar, un episodio particular que te generó todo eso que escribiste, termina siendo un libro?

Luciano Olivera: Primero es una gran catarsis. En general cuando uno está en esa situaciones de emoción no es muy consciente medio de nada de lo que está haciendo. Yo escribí una carta porque estaba muy afectado por el descenso de mi club, Independiente. Ni siquiera una carta, yo contaba una historia que había vivido con mi papá y sobre el final recién le pido que vuelva. Para acompañarme, aunque sea simbólicamente en ese momento, pero la verdad que la terminé y apenas la terminé la publiqué en un blog que abrí esa noche para eso nada más, y me fui al baño a llorar porque estaba muy afectado, y a los pocos días se viralizó. Y la verdad que cuando se viralizó fue algo muy importante en este proceso creativo lo que sucedió ahí, porque yo lo que sentía todo el tiempo cuando alguien me hablaba de la carta, que en esos días me hablaba mucha gente; miles, no paraba; era que se me venían al cabeza recuerdos que yo creía que había olvidado de la vida con los pocos años (12) que compartí con papá. Entonces en esos días, muy enloquecedores, como era todo tan vertiginoso, cada vez que se me venía un recuerdo lo anotaba en un papelito. “El día que casi nos ganamos el Prode”, “el día qué murió el tío tal y fuimos al cementerio, y vi por primera vez un cementerio”; recuerdos como de la vida cotidiana, nada el otro mundo. Pero después, de a poquito, cuando fue bajando la espuma de la carta, me senté y empecé con cada uno de esos títulos a desarrollar qué había dentro de esa historia. Empecé a escribir despacito, y eso fue el inicio del libro, el primero libro, Aspirinas y Caramelos. De la catarsis, que es algo que vos no controlas, a una sensación muy loca de, como si me hubiesen destapado el cerebro con la memoria -que la tenía muy taponada, seguramente por el duelo mal hecho-, y luego el redescubrimiento de los recuerdos y empezar a escribirlo como si fuera un trabajo casi de recomposición de memoria. Fue fuerte, porque pasé por todos los climas.

TF: ¿Dónde haces la selección entre la ficción y la realidad? ¿O es más un ‘es lo que yo tengo de recuerdo’?

LO: Yo recuerdo las cosas, vaya a saber si fueron así, pero es mi recuerdo. Mis recuerdos son construcciones, todos nos vamos haciendo la idea de lo que pasó, pasó de tal modo y probablemente el que está al lado lo vivió de otro modo y recuerda otra cosa. Pero es mi memoria, mi recuerdo. Y yo escribí lo que yo recuerdo. Entonces ahí no hay ficción, o si querés hay un montón de ficción, porque es mi recuerdo. Vaya a saber si fuera verdad, no te lo puedo diferenciar.

TF:Pero no te sentaste a inventar algo.

LO:No, no. Lo que si puede haber pasado es que quizás, algún recuerdo que yo conté en los dos libros; porque los dos van de temáticas muy similares, por ahí le venía bien que hubiese un personaje más en la historia para que tuviera una voz que contara algo que no podía contar el personaje principal. Pero son agregados de ficción si se quiere más técnicos en todo caso, pero la historia en sí es lo que yo me acuerdo. Y traté de ser fiel a esa memoria. Podría no haberlo sido, porque nadie me va a andar chequeando, pero me gustó el ejercicio de bucear en lo que realmente me acordaba y con eso hacer literatura.

TF: Hay algo que quedó pendiente, y es cuando te referís al duelo mal hecho ¿vos terminaste ese proceso con el libro?

LO: Me ayudó mucho. Yo creo que los duelos no se terminan nunca. Papá se murió cuando yo tenía 12 y el libro salió cuando tenía 44. O sea que hacía 32 años. Cuando vos haces el duelo mal, crees que lo hiciste, que es lo peor que te puede pasar, porque estás convencido de que lo hiciste bien, pero yo realmente lo había hecho muy mal. Estaba muy enojado con la muerte de mi papá. Lo había casi eliminado de mi memoria, era como que lo tenía por ahí, pero rara vez aparecía. Estaba realmente muy enojado, por su abandono temprano si se quiere, por su muerte temprana. Y sí, cuando te pones a escribir la escritura es algo realmente muy orgánico. Ves las letras como se van moviendo, es tu mano la que lo hace, es tu cerebro el que le da la orden. Tenes que recordar, ir a la memoria emotiva de aquella época, recuperar. Entonces empezás a tutearte con esa persona que tenías allá, hecha casi una especie de ídolo o de monstruo, no importa.  Muy grande y muy pesada, y eso me permitió probablemente hacer el duelo de otro modo. Por ejemplo, perdonar. Mi viejo se murió por no cuidarse, ¿se podría haber cuidado? Si, obvio. Pero bueno, a veces pasan esas cosas, y uno no puede vivir enojado casi con nada, porque es muy dañino para uno. Entonces sí, me ayudó a desenojarme, a poder contarle a mi hija como había sido la historia. A poder enfrentar mis propios demonios, porque todos cargamos con los nuestros, y muchas veces tienen que ver con lo que nuestros viejos nos fueron trasmitiendo bien o mal. Así que la verdad, el primer libro, sobre todo, fue muy curador.

TF: ¿En qué punto vos sentís que vale la pena contar la historia? ¿qué consideras relevante?

LO: A mi me gusta mucho leer literatura en primera persona de gente que cuenta historias, que pueden ser las suyas o pueden ser las de otros, y que a mi me llegan de algún modo: me emocionan, me siento identificado. Sobre todo, eso la identificación. Cuando estaba escribiendo Aspirinas y Caramelos, y con Larga Vistas lo mismo, lo que sentía todo el tiempo es que tenía sentido seguir adelante, si yo sentía que no eran mis memorias, sino un trabajo que alguien pudiera leer y dijera ‘me interesa porque me identifica; porque me pasó lo mismo; porque no sabía nada de esto y descubro un mundo nuevo; porque por edad no viví nada de lo que me está contando y me gusta asomarme a esa época’. El único mandato que yo tenía era ese: que no fueran mis memorias, sino que fuera algo que le interesara a alguien por alguna de estas razones, pero la más fuerte era la de la identificación. Que te puedas identificar.

TF: No quiero terminar sin preguntarte qué pensaría o qué diría tu papá de lo que pasó el fin de semana con el superclásico.

LO: Estaría enojadísimo, porque papá era un futbolero de esos de traje y corbata. De galera y bastón, muy elegante. Él hincha de Independiente, se enojaba si Independiente jugaba mal, no le importaba si perdía. Él quería que jugara bien. Y era un tipo que odiaba la trampa. Era, si se quiere, hasta a veces un poco exagerado con el tema. Pero estaría muy enojado por los niveles de violencia, seguro. Como lo estoy yo también. Yo soy muy futbolero, muy apasionado, pero la violencia es otra cosa. Eso no puede pasar. Yo heredé de papá si se querés, una mirada absolutamente lejana a cualquier tipo de exteriorización de esa pasión descontrolada.

TF: ¿Y los que dicen que ‘es lo que somos’, o ‘esta es la sociedad argentina’, vos crees eso?

LO: No, no estoy de acuerdo. Yo soy parte de la sociedad argentina y no soy eso, y conozco no sé, miles de personas que veo en la calle y no son eso. No, creo que es un problema cultural, educativo. De un profundo nivel de disgregación de algunos valores en diferentes sectores. Pero no necesariamente bajos, hay algunos de sectores muy altos que se creen impunes. Creo que tiene que ver con eso, con derrotar la sensación de impunidad que se siente cuando uno puede hacer cualquier cosa. Uno no puede hacer cualquier cosa. Eso está mal. Y entre esas cosas que no podes hacer es oponerte a la final de un partido de fútbol, por más que sea un clásico histórico. No es una guerra, es fútbol. El que pierda no va a quedar humillado para toda la vida, va a perder un partido de fútbol, nada más ¿muy importante? Por supuesto, ¿estará triste? Por supuesto, pero no es lo mismo que quedar humillado, ni que le hagan bullying. Estamos en una sociedad donde perder es ser un looser. Es más importante que pierda el otro a que ganes vos, y no puede ser. Hay que ponerle un punto final a eso porque, lo estamos viendo. Lo hemos dejado crecer y mirá lo que pasa.

TF: ¿Vos crees que se puede desandar ese recorrido? Porque no nos despertamos hoy y vimos esto.

LO: Es largo, para mi empezó en los 90 el concepto este del éxito fácil, esto de la derrota del otro, la cargada cada vez más hiriente. Sentirse pésimo porque el otro te carga de un modo que no podes tolerar y empiezan las reacciones violentas. Y va a llevar mucho tiempo cambiar esa cabeza, pero hay que empezar. No va a ser de un día para el otro, y no tengo ninguna duda que es en la educación. Es en los chicos, a los chicos chiquitos hay que enseñarles que perder está dentro del mazo de la baraja. Parece loco, pero en la vida uno en general pierde, es rara vez que uno encadena muchos triunfos a la vez. Muchas veces te va mal, y ¿qué? ¿sos un perdedor por eso? No, simplemente la vida es así. Es duro, es difícil. Hay que enseñar, y machacar mucho con el hecho de que perder forma parte de la vida. No es tan trágico, no pasa nada, y el mensaje de resiliencia. Vos tenes que seguir, te tenes que sobreponer a eso. No es la muerte, vas a tener que seguir vivo. Lo primero que hay que hacer es reconocer que tenemos un problema, es un problema grave. Y está en la educación, aunque parezca un lugar común, es el único lugar donde está. Es la mejor inversión que se puede hacer, hay que educar en muchas cosas, pero entre otras en esto: en convivencia.